Como ha ocurrido en los últimos años, la entrega de los Óscar enciende el debate sobre su propia relevancia. Si bien han perdido parte del brillo y la autoridad de antaño, conservan un halo de distinción y prestigio que, aunque muchos cineastas lo nieguen en público, cualquiera desearía añadir a su currículo.
Quizás sea la propia decadencia de la industria cinematográfica la que alimenta esta discusión sobre si los premios conservan sentido, cuando la verdadera interrogante es si el cine mismo sigue siendo relevante, al menos tal como lo concebíamos. La sala oscura y la experiencia colectiva e ininterrumpida parecen ceder terreno ante un modelo de consumo fragmentado, donde las películas se convierten en contenido que se visualiza en el teléfono móvil, en distintos espacios y momentos del día.
La 98.ª ceremonia de los Óscar se celebra este domingo. Dado que resulta imposible repasar las diez cintas nominadas a mejor película, hemos seleccionado tres de las más comentadas por la crítica y el público para someterlas a revisión.
Sinners: terror con conciencia racial
No es habitual que la Academia reconozca una película de terror, pero resulta aún más sorprendente que Sinners haya batido récords de nominaciones en ese género. Con todo, es muy probable que le ocurra lo mismo que a El color púrpura: aquella acumuló una distinción similar en su momento y no se llevó ni un solo premio a casa.
La historia está ambientada en la América de los años treinta. Los gemelos Smoke y Stack —interpretados ambos por Michael B. Jordan— regresan a su ciudad natal con la esperanza de forjarse un futuro mejor abriendo un bar. Los planes se tuercen cuando reciben la visita de unos inesperados forasteros: vampiros.
La película es innegablemente creativa en varios aspectos, aunque sustenta buena parte de su argumento en la lucha racial, elemento que, sin duda, le abrió las puertas a tan generosa cosecha de nominaciones. Clasificada como terror, respondería mejor a las etiquetas de drama o suspense, pues el miedo propiamente dicho apenas aparece en dos o tres secuencias que recurren al susto convencional de corte de cámara. Con una fotografía excelente y actuaciones solventes, cumple con creces su propósito de entretener. Fue, además, la película más taquillera de Warner Bros. el año pasado, lo que no impidió que la compañía la vendiera a Paramount para aliviar sus deudas.

Sentimental Value: cine de autor en territorio hostil
El cine de autor escasea en los Óscar, y esta propuesta de cocción lenta filmada en un idioma distinto al inglés representa, en principio, todo lo que el público estadounidense suele rechazar. Que se haya colado en varias categorías importantes es, de por sí, un logro notable.
La cinta narra la historia de una familia, y en particular la relación de Nora (Renate Reinsve) con su padre Gustav (Stellan Skarsgård) y con la casa familiar, desplegando una metáfora sobre la vida y los vínculos humanos a través de las generaciones. El director ya nos había entregado una joya años atrás con La peor persona del mundo, obra que resulta considerablemente más incisiva e impactante.
Sentimental Value aspira al mismo nivel de solidez que aquella, pero el drama familiar la conduce por el camino de lo sentimental —la obviedad del título lo anticipa—, abordando el conflicto del padre ausente y la idea de que las relaciones raramente son blancas o negras: padres e hijos pueden encontrarse en un punto de entendimiento mutuo. Su fotografía es lo más destacado, incluso la escena en la playa que protagoniza la mayoría de los materiales promocionales, y que muy probablemente surgió en la mente del director con la intención deliberada de ser estéticamente memorable. Las actuaciones son bastante convincentes y, en conjunto, la película merece la paciencia que exige un cine más reposado y con sustancia.

One Battle After Another: El Anderson menos Anderson
Basada en la novela Vineland, la película nos presenta a Bob (Leonardo DiCaprio), miembro de un grupo de rebeldes o guerrilleros que combaten al sistema. Entre sus compañeros se encuentra su pareja, Perfidia (Teyana Taylor), quien abandona al grupo tras dar a luz a su hija. Con la guerrilla disuelta, Bob y su hija intentan construir una vida normal, hasta que una figura del pasado los localiza y comienza a perseguirlos por razones que van más allá de lo puramente político.
Paul Thomas Anderson es un cineasta muy aclamado, aunque su obra no está pensada para las mayorías: su sello habitual es un estilo indie y, en varias de sus películas, decididamente contemplativo. Este título representa, quizás, su trabajo menos introspectivo en ese sentido, con secuencias de acción notablemente bien ejecutadas, entre las que destaca una persecución en carretera que ya apunta a convertirse en un clásico del género.
Al igual que Sinners, la película tiene un trasfondo político al abordar el racismo, la supremacía blanca y la xenofobia, temas muy vigentes en el mundo contemporáneo. Es probable que sea la gran ganadora de la noche.

En conclusión
La polémica sobre quién mereció ganar y quién no, continuará gane quien gane, al igual que el debate sobre si el premio conserva algún tipo de validez para el buen cine. Lo cierto es que, hoy en día, la producción cinematográfica —ya sea comercial o de autor— se reduce cada vez más. Por eso, cualquier pretexto para seguir hablando del séptimo arte y, sobre todo, para seguir apreciándolo, es siempre bienvenido.







